La olvidada razón
Carlos A. Ponzio de León
Fuimos juntos a Martha’s Vineyard. Quizás fue durante el último año de mi Doctorado. Vivíamos juntos para entonces. Habíamos dejado el famoso departamento de 95 Prescot St., en Cambridge, MA, y nos habíamos mudado a Union St., en Brighton, a 15 minutos en bus de Harvard Square. No; creo que debo corregir, probablemente me equivoco. Aún vivíamos en Cambridge, o quizás solo yo vivía en Cambridge y Delaira aún vivía en Hull. No sé, ya no lo recuerdo bien. Pero ciertamente fuimos juntos a Matha’s Vineyard, al sur de Cape Cod. Y comimos sándwiches con papas fritas. Aunque no estoy completamente seguro de que hayamos llevado trajes de baño y hubiésemos nadado dentro del mar.
Cuando regresamos a Monterrey, (yo rechacé varias ofertas de trabajo; un de ellas en Madrid), vivimos un tiempo juntos en casa de mis Padres. Luego nos separamos un par de meses, hasta que pudimos rentar un departamento en San Pedro, en el Centrito, a unas cuadras de los bares grandes. No los frecuentábamos. Éramos chicos de treinta, de beber cocteles en casa escuchando música que tocábamos en una grabadora. Contábamos con una colección amplia de discos compactos. Aún la conservo en sus estantes emplayados desde que nos separamos.
Meses antes de nuestro divorcio, ella me pidió que la llevara a un hotel. No lo hice. Pospuse la decisión, quizás inconscientemente, porque conscientemente estaba ocupado intentando salvar nuestro matrimonio. Ella quería ir al cuarto de hotel por la misma razón: para salvar nuestro matrimonio. Dos objetivos; ninguno cumplido.
Ok: el mismo, ¿qué más da?
Ella tocó batería durante el último período que vivimos juntos, en la calle de Durango, en la Roma Norte de la Ciudad de México. Decía que no sabía cantar, pero le encantaba tomar el control del televisor y hacerlo cuando escuchábamos música los fines de semana. Años después, supe que era parte del coro de un grupo formado por padres de familia, en el colegio donde daba clases. Ahí enseñó música. Ella intentaba hacerme ver que las letras de las canciones son más poéticas y creativas de lo que yo creía que eran en aquel entonces. Pero no fue sino hasta quince años después de nuestro divorcio, que lo comprendí. Y fue de una manera fantástica: por una canción que nos une: “The Manuscript”, con Taylor Swift: el último track del disco The Tortured Poets Department.
Cuando ella se sentaba en la batería (eléctrica) y yo al piano, intentábamos improvisar. Lo lográbamos. Pero también llegamos a tocar un cover: “Bésame Mucho”. Años atrás, una noche antes de dormir, durante un verano que pasamos en un hotel de la Ciudad de México, me pidió quen le diera mil besos. No sé cuánto me tardé; pero se los di esa noche, uno por uno, mientras ella contaba en voz alta. Tiene otro récord que rompimos en una cabaña, en un bosque de los Estados Unidos, en tiempos de mi Doctorado. Varios caballos, entre otros animales se acercaron al lugar donde nos encontrábamos. Tal vez andaban a la busca de Blanca Nieves. Y quizás aquello fue espectacular. Yo hacía, (do), y ella me decía cuándo parar, (stop). En algún texto mío de hace algunos años, (en The Manuscript, por cierto, -el texto, no la canción-), quizás se encuentre registrada la cuenta. ¿15?, ¿30? Ya no lo recuerdo.
Voy a cambiar la cuenta de los 12,000. Las Artes Populares deben estar incluidas en la Eternidad. ¿La “Mastermind” que me convenció? La 5a y contando y el Track 31. Y el Certificado.
Cuando Delaira se sentaba frente a La Batería (The Drums), y yo al piano (The Piano), en el departamento de la calle de Durango, éramos entonces un dúo (The Duo). Alguna vecina del edificio abría sus ventanas para escucharnos tocar. No era la chelista; sino alguien más, me parece.
Pero aquel día, desde Martha’s Vineyard (From The Vineyard), Delaira y yo nos trajimos un aire salado en los labios que habría de resurgir al final de la temporada 2011. “Salt Air”.
El desquicio, la arrogancia, la incomprensión, el Destino.
Casa de papel, moneda figurada, desprecio e incomprensión, el bote.
Tortura, animalejo, rebeldía, conspiración.
Mensajes ocultos para el Sr. Presidente Joe Biden.
Vale.
Ella me recogió en su Chevrolet negro, un Corsa. Transitó por Chapultepec hasta el Registro Civil. Se aseguró de que mi firma fuera idéntica a la de mi ID. Lo convierto un reproche. ¿Por qué iba a retenerla?
Le pedí un último beso cuando nos despedimos. Me dijo: “Luego”. Lo mismo le digo ahora. Tengo una promesa pendiente. El cuarto de hotel será cuando cumpla ella la suya y me regale ese Beso (The Kiss) pendiente. Un rompecabezas dorado está de por medio.
Abrazo sincero, Delaira.
Abrazo y beso.