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El pavo sangriento

Carlos A. Ponzio de León

 

¿A qué vine a este mundo?

En el último año de secundaria le declaré mi amor a la chica que me gustaba. Un día, al concluir clases, la intercepté en el camino al auto de su madre. Le toqué el hombro y giró hacia mí. “Paulina, ¿quieres ser mi novia?”. Se sonrojó, y luego sonrió con ternura. Dijo: “Ay, Carlos… es que yo no quiero tener novio ahorita”. Me dio su número de teléfono. (Ya lo conocía yo de memoria). Fue una barbaridad habérmele declarado porque nunca platicábamos.

Esa tarde, salí de mi casa y me dirigí en camión a la Macroplaza. Desde un teléfono público le marqué. Ahí sí fue cortante. No volvimos a conversar.

Paulina continuó sus estudios de bachillerato en la preparatoria 15 de la Autónoma. Yo, en una preparatoria privada. Durante el primer semestre, había días en que, a mediodía, abandonaba mi escuela para caminar hacia Avenida Garza Sada y abordaba un camión que me dejaba cerca de su prepa. Visitaba a mis amigos que estudiaban ahí, y jugábamos fútbol de mesa. Pero, sobre todo, realizaba el viaje para ver si me topaba con aquella chica que me gustaba desde secundaria. Cuando la vi por primera vez, no me acerqué; descubrí que tenía novio. Un chico que se veía mayor que nosotros.

En mi propia preparatoria, yo había trabado amistad con alumnos foráneos. Uno, un chilango atrevido y rebelde, un auténtico guerrillero: fumaba tabaco y marihuana. Era atractivo y vestía a la moda. No le intimidaban las chicas. Yo atestigüé cómo intentaba seducir a las maestras. Con él, debo reconocerlo, fui haciendo escuela.

Yo tenía trece años. Virgen. Pero el chilango me explicaba sus trucos, bastante barbáricos, para retrasar el orgasmo cuando se acostaba con una chica.

Nunca hablaba, en aquella época, con nadie sobre mi enamoramiento de secundaria. Pero lo he mencionado en algunas ocasiones, de adulto. Entonces LA VOZ dijo: “El mundo ha aceptado que estás aquí, en esta Tierra, y debo explicar, en parte, a qué has venido para el Mundo”.

“A hacer cumplir el Salmo 23. Pero solo para aquellos quienes te amen incondicionalmente y con pasión, de la manera en que a ti te gusta ser amado. Es decir, no de la manera en que el Papa, o cualquier otro sacerdote, diga que debe amársete, ni tampoco como no sé qué monja cree que debe hacerse. Sino como tú quieres y a ti te gusta ser amado. Punto”.

Y yo, inocentemente, le pregunté: “¿Voy a cobrarles?”. “Es algo que le prometí al Mundo gratuitamente”, dijo LA VOZ, y continuó: “¿Y qué ofrece el Salmo 23? Dios te dará descanso en la vida cuando necesites descanso, tendrás un alma confortada y sin problemas, vivirás justicia, (y no padecerás injusticias), no serás víctima de males, recibirás aliento cuando necesites aliento, tendrás comida asegurada, serás tratado dignamente, recibirás abundancia de lo que necesitas, tendrás cosas de bien, y no de mal. Tendrás la vida asegurada siempre, incluso cuando la muerte ande cerca, por siempre, porque el mundo enterado ya ha perdido su Inmortalidad. Y por supuesto, quien te ame, Carlos, recibirá DE REGRESO su Alma. La que seguramente perdió por lo sucedido hace 2000 años.”

Y continuó: “Pero todo esto lo recibirá solo quien te ame como a ti te gusta ser amado: con pasión y físicamente. Condena brutal y eterna se llevará quien te lastime: por ejemplo: a través de la muerte biológica inmediata”.

Te repito, Carlos: “¿Quién recibe todo esto?”

“Aquel quien te ame como tú quieres ser amado. Es decir, aquellos que se sirvan en el plato del amor grande y que logren conocer tu amor físico, el amor humane, como solo la humanidad lo puede conocer a través de ti”

Regresando a los días de bachillerato, un día subí al camión en la parada de El Parque Canoas. Viajaban otros dos jóvenes: una chica linda y en la parte trasera, un chico de algunos veinte años: obrero. Yo seguí hasta la última hilera.

Unas cuadras más adelante, abordó un nuevo pasajero, quien una vez arriba, desenfundó una pistola del interior de su chamarra. Se fue sobre el chico de veinte años. El asaltante lo tupió de golpes en la cabeza, usando la cacha del arma. La sangre brotó y la playera blanca del chico se humedeció.

El asaltante jaló la cuerda del timbre; el camión se detuvo y el maleante descendió de prisa hasta la calle.

“No se te olvide nunca esta escena, Carlos”, me dijo LA VOZ de eL SeÑor. “La chica de adelante te miró con deseo, y el chico lastimado, te miró con envidia y desprecio. Un día lo entenderás”.

Yo seguí congelado en mi asiento, sin dar crédito a lo que había visto y menos a lo que había escuchado. Tenía trece o catorce años.

“Que nadie desaproveche su oportunidad, porque pocos tendrán dos oportunidades para comenzar a amarte como tú debes ser amado”.